A propósito del déficit estructural

Es el tema que sale estos días en la prensa y en las tertulias radiofónicas: el responsable de Asuntos Económicos europeo, Olli Rehn, no quiere saber nada de modificar el objetivo de déficit previsto para España en  este año, fijado en 4,4%, si antes no se le explica  si ese déficit es estructural o no y sin conocer los presupuestos para este año.

 ¿Pero éstos temas deben interesar al ciudadano –y al empresario- normales, o sólo a los economistas y políticos? Pues la verdad es que nos interesan a todos, porque nos afectan de lleno.

Vamos por partes. Cuándo se dice que el déficit no puede superar el 4,4% del PIB, lo que se está diciendo es que los gastos no pueden superar a los ingresos en más de un 4,4%. Si volvemos, como siempre hacemos, al ejemplo de una economía familiar, lo que estamos diciendo es que si la familia ingresa, supongamos, 100.000 € al año, el gasto máximo que se puede permitir en ese año  es de 104.400 €.

Pero ¿qué es eso del déficit estructural en el que tanto insiste el comisario europeo de Asuntos Económicos? Otra vez recurrimos al mismo ejemplo; supongamos que esa familia a la que aludíamos antes, con 100.000 € de ingresos anuales,  vive en un piso por el que paga 2.000 € de alquiler al mes; tiene suscritos seguros médicos por importe de 5.000 € al año;  sus hijos estudian colegios muy exclusivos, en Suiza, y pasa a los padres del marido un complemento a su pensión de 3.000 € al mes. Todos esos gastos, más otros, suponen un total de 108.000 € al año. En este caso está claro que la familia se ha embarcado en un nivel de gastos que no puede sostener. Su déficit es estructural, y tendrá que pensar qué va a hacer para reducir sus gastos anuales hasta igualarlos, al menos,  con los ingresos. Otro caso sería si el presupuesto de ingresos y gastos estuviera equilibrado pero que se hubiera desviado por una situación imprevista y que no se va a volver a dar. Desgraciadamente parece que ése no es el caso.

Es  obvio que esta familia no  puede seguir manteniendo el mismo tren de vida. O los hijos vuelven a estudiar en España, o se reduce la asignación al abuelo o se cambian a un piso más barato, entre otras posibilidades. Eso es exactamente lo que  está pasando en nuestro país. ¿Somos capaces de mantener el nivel de gasto que venimos teniendo?, porque si no es así nuestro déficit es estructural y habrá que ir pensando qué partidas se van a suprimir o recortar y eso supone que vamos a dejar de percibir algunos servicios, o a modificar –a la baja- las condiciones de su percepción. Ésa es la preocupación del señor Olli Rehn y de Europa.

Todo esto, que es aplicable a la familia y al conjunto del Estado, también afecta a la empresa, a cada empresa.  Más de una empresa está viviendo –o lo estaba- por encima de sus posibilidades, cuadrando el Balance como podía: aumentando el saldo de proveedores, o la partida de cuentas con socios, o alterando el nivel de existencias o recurriendo a cualquier otro artificio contable; pero la realidad se acabará imponiendo. Sólo hay dos alternativas: o se solicita concurso de acreedores –muchas veces como trámite previo a la disolución-, o se modifica profundamente la estructura de la empresa, y esto último no es, o no es solamente, despedir personal, sino reinventar la empresa de arriba abajo: procesos, productos, mercado, etc.

Sí, ya sé que todo esto no es cómodo, fácil, ni agradable; pero alguien tiene que decirlo, ¿no?

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