DECONSTRUYENDO AL PAPA

Hace pocos días el Papa Francisco intervino en el Parlamento Europeo, con un discurso muy elaborado y coherente. Los comentarios no se hicieron esperar: casi todos aprobando sus palabras, con algunos matices; pero rápidamente se observa que muchos de esos exégetas no se han leído el discurso o, si lo han hecho, sólo se han quedado con frases sueltas, fuera de contexto.

“Un Papa valiente que se aparta del discurso de sus predecesores, Juan Pablo II y Benedicto XVI”. Eso dice algún político en su análisis, sin caer en la cuenta que de las 13 citas que contiene el discurso del Papa Francisco, sobre las que lo articula, cuatro son suyas, cinco son de Benedicto XVI, dos de Juan Pablo II (más otras del Compendio de Doctrina Social de la Iglesia auspiciado por él), y una de la Carta a Diogneto, un tratado de apologética del s. II. No parece pues que haya una ruptura con lo que viene siendo el planteamiento de la Iglesia en los últimos veinte siglos.

Pero ¿qué ha dicho realmente Francisco en el Parlamento Europeo? Merece la pena un análisis sistemático de su exposición, en la que plantea un modelo conceptual profundo y coherente.

Ha recordado las raíces de la cultura europea, que provienen de Grecia y Roma, de los ambientes celtas, germánicos y eslavos y del cristianismo, que la marcó profundamente, y que tiene como centro al hombre, persona dotada de dignidad trascendente. Este concepto de dignidad trascendente supera la concepción del hombre como sujeto de derechos exclusivamente, asociando a ellos los deberes que complementan esos derechos de las personas, unidas en un contexto social.

Ha puesto de manifiesto el actual predominio del economicismo en detrimento de una orientación antropológica de la economía. Un economicismo que reduce a la persona a un simple bien de consumo, desechable cuando ya no es útil, llevándose por delante la vida de los enfermos terminales, los ancianos o la de los niños asesinados antes de nacer.

Ante este panorama propone la necesaria la apertura a lo trascendente. La comprensión del hombre en su totalidad, potenciando sus cualidades en una educación integral, que favorezca el crecimiento de la persona humana. Una educación que comienza en la familia unida, fértil e indisoluble. Apunta también a la necesidad de una sana laicidad -en las antípodas del laicismo montaraz- de la subsidiariedad y de la solidaridad. Propone conjugar la flexibilidad del mercado con la necesaria estabilidad y seguridad de las perspectivas laborales. En definitiva: no correr el riesgo de vivir en el reino de las ideas, de las palabras, de la imagen, de los sofismas… terminando por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político.

Aún alude a la ecología entendida como el respeto a la creación, don precioso que Dios ha puesto en las manos de los hombres. Plantea un análisis audaz de la emigración: Europa, dice, será capaz de hacer frente a las problemáticas asociadas a la inmigración si es capaz de proponer con claridad su propia identidad cultural, poner en práctica legislaciones adecuadas que tutelen los derechos de los ciudadanos europeos y garantice la acogida de los inmigrantes. Y añade: hay que actuar sobre las causas, en los países de origen de la emigración, no solamente sobre los efectos.

Dos mil años de historia unen a Europa y el cristianismo y definen su identidad. Los cristianos representan el alma del mundo y la función del alma es sostener al cuerpo, ser su conciencia y la memoria histórica.

Un discurso que es una completa lección de antropología social y que va más allá de los comentarios superficiales de políticos o comentaristas metidos a exégetas interesados.

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