El refugio de la igualdad

En uno de sus artículos de “El Espectador” –precursor en papel de los actuales blogs-, concretamente en el titulado “Socialización del hombre”, Ortega y Gasset comenta algo que sigue siendo actual:

«En una página agudísima y terrible hace notar Nietszche cómo en las sociedades primitivas, débiles frente a las dificultades de la existencia, todo acto individual, propio, original, era un crimen, y el hombre que intentaba hacer su vida señera, un malhechor. Había que comportarse en todo conforme al uso común.

»Ahora, por lo visto, vuelven muchos hombres a sentir nostalgia del rebaño. Se entregan con pasión a lo que en ellos había aún de ovejas. Quieren marchar por la vida bien juntos, en ruta colectiva, lana contra lana y la cabeza caída… buscando un pastor y un mastín».

A pesar del tiempo transcurrido la cita sigue siendo actual. Hay gentes a las que no basta la igualdad ante la ley; querrían que se regulase por decreto que todos somos idénticos en talento, cualidades, méritos y, por tanto, en recompensas. En muchos ámbitos, también en el laboral, sigue existiendo miedo y desconfianza hacia la desigualdad, aunque ésta sea fruto del esfuerzo del “desigual”.

 A raíz de la reforma laboral  propuesta por el Gobierno muchos de estos miedos tribales parece que se han activado. No voy a entrar ahora a analizar la reforma, ni a valorarla; pero sí  quiero señalar que muchas de las pancartas y opiniones de las manifestaciones del pasado domingo evidenciaban un borreguismo letal.

No a las evaluaciones personales, sino de grupo; no a la retribución asociada a mérito, esfuerzo o productividad, sino a categorías o antigüedad; no  a los convenios negociados por empresas o, si es oportuno, personalmente, sino a convenios nacionales o sectoriales en el que entran todos, con independencia de las situación de cada empleado o cada empresa; no a la flexibilización de despidos, sino a una norma generalizada que meta a todos en el mismo cajón. Así podríamos seguir hasta resumir todo en una sola propuesta: sí a negación de la  libertad personal de los empleados, que se traslada a las centrales sindicales, para que sean éstas las que la administren.

Me preocupa esta deriva en la que sindicatos y algunos medios de comunicación quieren meter a la sociedad civil. Eso sí, erigiéndose ellos en pastores y mastines,  No es sólo un tema de estrategia política, es algo mucho más serio: tratar de impulsar una sociedad de ciudadanos libres o un colectivismo sin libertad.

Manca Finezza

¿Son exigibles  esas cualidades a la Administración, ese aparato burocrático en el que se materializa, en parte, el Estado? En buena lógica la Administración está al servicio de los ciudadanos, luego esa «finezza» debía ser norma habitual. Otra cosa es lo que ocurre cuando se hipertrofia y pierde de vista su función instrumental, convirtiéndose en un ente endogámico que tiene como única finalidad autoperpetuarse, al margen de los administrados.
Es ley de vida: mientras las cosas van razonablemente bien,  todo marcha sobre ruedas; pero cuando surgen problemas se pone de manifiesto lo mejor y lo peor de las personas y las instituciones. En cualquier catástrofe se conocen actos de heroísmo absolutamente ejemplares y, junto con ellos, aparecen saqueos,  pillaje y todo lo peor de la naturaleza humana.
En la situación actual –que se acerca a la categoría de catástrofe- parece que, en algunos ambientes,  ha sonado la voz de ¡sálvese quien pueda! y  el tradicional “las mujeres y los niños primero” ha sido sustituido por “la Administración lo primero”.
Una parte de la Administración, la Tesorería General de la Seguridad Social, viene aplicando este principio con excesivo entusiasmo. Está  siendo frecuente que, en empresas que no han depositado en plazo las Cuentas Anuales en el Registro Mercantil y tienen deudas con la Seguridad Social, ésta derive directamente la responsabilidad solidaria de la deuda a los administradores. El razonamiento que plantea es sencillo: si hay deudas y no se conocen las cuentas anuales, se presume (?) que la empresa está en causa de disolución al tener, supuestamente, un Patrimonio Neto inferior al cincuenta por ciento del capital social. En consecuencia se deriva la responsabilidad solidaria hacia los administradores que, siempre supuestamente, debieron restablecer el equilibrio patrimonial, el concurso de acreedores o  instar la disolución.
Resulta muy discutible este razonamiento tan aventurado (“si no tengo datos, es que la empresa está en causa de disolución”); pero, una vez puesto en marcha el proceso, el perplejo administrador sólo puede iniciar el correspondiente procedimiento administrativo. Antes deberá avalar o pagar las cantidades reclamadas. En  ocasiones se  incluyen también deudas anteriores a la fecha de la supuesta causa de disolución, algo totalmente improcedente; pero que para recurrir también hay que pagar o avalar,  a la espera de que los tribunales resuelvan en un par de años. Aún en el supuesto de que la resolución de los tribunales fuera favorable a la empresa, ésta habrá visto drenada su liquidez durante ese periodo de forma importante, con las consecuencias que esa situación conlleva.
Por supuesto que la obligación de pagar las cuotas de las Seguridad Social es absolutamente  exigible y que su impago, sin causa justificada, además de una infracción,  es fuente de problemas para todos y motivo de sanción; pero el forzar la interpretación de la ley  más allá de lo razonable, amparándose en  el viejo aforismo “paga y reclama”, coloca a los empresarios en una situación de indefensión, además de agotar sus recursos y su capacidad de endeudamiento. Dicho en otras palabras: agota su capacidad productiva.
Aquí es donde entra en juego la «finezza». Cualquier empresario sabe que debe estar orientado al cliente y que cuando éste tiene dificultades y retrasos en el pago, lo normal es conocer cuál es su situación y tratar de llegar a un acuerdo que permita su continuidad como cliente con el mínimo coste para ambos. Sólo como último recurso  opta por la vía ejecutiva. No están los tiempos para planteamientos maximalistas. O tendemos la mano o nos hundimos todos. ¿Es mucho pedir a la Administración esa misma actitud constructiva?
Hay que cambiar la perspectiva. Mientras la Administración, en general, no reconsidere su función de atender a sus clientes, los ciudadanos que –vía impuestos- pagan por la prestación de unos servicios, y los considere como administrados cautivos, el sistema tiende al envilecimiento de los servicios que se han de prestar.  ¿Imaginan lo que supondría la introducción de competencia en la prestación de servicios administrativos? Ya sé, habrá quien piense que eso algo así como el fin de la civilización actual; pero también hay quienes piensan –cada vez más- que se irían introduciendo en la sociedad niveles apreciables de eficacia y libertad.
17.08.11

¿Quien me ayuda?

            Hace unos días  tuve que acercarme  a las oficinas de una parroquia para pedir una documentación que necesitaba. Mientras esperaba que me atendieran entró un hombre joven, de unos treinta y cinco años, bien arreglado, que educadamente me preguntó si yo también estaba esperando y se sentó.  Me fijé que, aunque intentaba disimularlo, estaba muy nervioso, así que le pregunté si le pasaba algo.
            - Mire, estoy en paro desde hace tiempo. Ya se me ha terminado la prestación por desempleo; me han echado de la casa por no pagar; estamos viviendo en unos soportales; los servicios sociales de la Junta se van a llevar a mi hijo. He ido a Cáritas, me dan comida, pero no tienen donde alojarme; a unas monjas que tienen un albergue, pero está completo, y ahora vengo aquí a ver si el párroco me puede ayudar a gestionar alguna solución.
            No sé en qué quedó el asunto (más allá de la solución de emergencia que se le proporcionó); pero creo que se presta a alguna reflexión. La primera es que el paro es bastante más que una estadística. Hay mucho parado ayudado por la familia, con lo que puede ir atendiendo sus necesidades más básicas. También lo hay que compatibiliza el paro con chapuzas o está instalado en la economía sumergida; pero siguen produciéndose –cada vez más- situaciones dramáticas como ésta y muchas otras que requieren políticas económicas concretas y urgentes, más allá de las apelaciones a una futura economía innovadora y sostenible.
            Resulta también indicativo que, en una situación de emergencia dramática, se confíe más en instituciones de la Iglesia que en otros organismos. Algo está fallando en el estado del bienestar cuando sus teóricos beneficiarios se ven literalmente en la calle y recurren a una institución que, al margen de su dimensión religiosa, o precisamente por esa dimensión, está donde siempre: ayudando al que lo necesita y redistribuyendo eficazmente los recursos que recibe de sus fieles. 
            Pero hay un aspecto que considero especialmente significativo: este hombre tenía poco más de treinta años, era –por tanto- uno de tantos “hijos del modelo económico y social andaluz” de los último treinta años. Hijo de un pretendido “estado del bienestar” en el que todos somos titulares de derechos; pero no de deberes.
            Un modelo social en el que a los alumnos se les paga por asistir a clase; en el que si un joven se quiere emancipar, o sea vivir fuera de la casa paterna, se le conceden ayudas para que se pueda ir; en el que, bajo el manto totalitario de la ideología de género, se anima al personal a divertirse, sin preocuparse de las consecuencias, porque éstas las asume la Administración; en el que el amplio mundo de las ayudas oficiales anima, en ocasiones, a sustituir el riesgo por la subvención; en el que la recompensa al esfuerzo ha de ser segura e inmediata; en el que la familia deja de ser ámbito de acogida, con relaciones basadas en la aceptación y colaboración mutuas,  para pasar a ser espacios de poder en el que conviven seres radicalmente autosuficientes que se construyen a sí mismos individualmente.
            ¿Seguimos? La raíz es siempre la misma: la consideración del poder político como medio para transformar la sociedad y gobernarla de acuerdo con el modelo teórico previamente establecido por una ideología totalitaria, que pretende abarcar la totalidad de los aspectos de la vida humana. En coherencia con este planteamiento, el Presidente de Gobierno no tiene reparos en declarar que determinadas reformas económicas, reclamadas por todos los organismos nacionales e internacionales, él nunca las pondrá en marcha «por razones ideológicas». Más fuerte sí, más claro no.
            La realidad es tozuda. Nuestro desafortunado e involuntario protagonista es la consecuencia de un modelo en el que se ha pretendido la implantación  de un modelo de «estado  del bienestar», ya superado, a cambio de la libertad personal. El resultado era de esperar: nos hemos quedado sin bienestar y sin libertad. Desamparado y sin recursos económicos ni personales sólo le queda recurrir a la ayuda de las organizaciones de la Iglesia, como desde hace siglos.
16.02.10

Por una vez

            Las campañas publicitarias del Partido Socialista suelen ser bastante buenas. Siempre lo han sido. Desde aquellos dibujos amables y llenos de color con los que el dibujante José Ramón, en los años setenta, animaba a los indecisos a votar a un PSOE que se presentaba como algo nuevo e ilusionante, sus envoltorios publicitarios siempre han sido de gran calidad. Claro que ha habido excepciones, como la del doberman; pero  el nivel medio ha sido de notable para arriba.
            Eso es, hasta cierto punto, comprensible en un partido socialista. El socialismo no tiene como referentes a las personas, individualmente, sino a los colectivos, a las masas, y eso condiciona su mensaje. A las personas hay que convencerlas una a una, con argumentos más o menos elaborados. A los grupos se les seduce con mensajes publicitarios dirigidos al corazón, no a la cabeza. Así es como funciona esto. Por eso es lógico que, sin considerar los contenidos, la izquierda presente siempre mejores campañas de comunicación. Les va en ello su ser.
En esa línea publicitaria, lo que los periodistas llaman “la factoría Ferraz” acaba de producir un vídeo, de unos dos minutos de duración, para presentar la Nueva Economía, la que propone el anteproyecto de  Ley de Economía Sostenible, que está en línea con toda la producción anterior: un precioso embalaje que envuelve el vacío y en el que se hacen afirmaciones tan insólitas, incluso en un contexto publicitario y acrítico, como la de que han sido los socialistas los que han propiciado nuestra  entrada en Europa; la sanidad universal; la educación obligatoria; las pensiones; la jornada laboral de cuarenta horas y el mes de vacaciones anuales. Y, ya lanzados, entre ese elenco de logros también incluyen la liberalización del aborto y los “matrimonios” homosexuales.
Pero este vídeo –no sé si se emitirá por los canales de televisión o es cisible sólo en su web- tiene algo especial: por una vez estoy de acuerdo con el núcleo del mensaje que transmite y que gira en torno a una idea rotunda: Conservador es tener miedo al futuro. Progresista es transformador. No se podía haber expresado mejor, ni con menos palabras.
Efectivamente una persona conservadora es la que se aferra al pasado, para recrearse en él o para tratar de modificarlo a su gusto; pero le falta valor para dar un salto hacia adelante, para explorar nuevos caminos sin aferrarse a principios doctrinarios obsoletos. Viven tan obsesionados por el pasado que no tienen tiempo para preparar el futuro.
El problema, para los conservadores, viene cuando hay que pasar de la publicidad a los hechos. El caso más reciente lo tenemos ahora mismo en la calle. Después de muchas decisiones para tratar de parchear los efectos de la crisis, sin atacar las causas, se ha venido anunciando durante semanas  con gran despliegue -intervenciones en foros destacados, entrevistas y el reciente acto  de partido,  al más puro estilo estadounidense, con la  aparición final  de la pareja presidencial, descendiendo por una escalera,  incluida- una nueva Ley que resolvería todos los problemas económicos: la Ley de Economía Sostenible.
De entrada ya no sonaba muy bien eso de que los remedios para la economía vengan de una ley omnicomprensiva y reguladora y no del esfuerzo de los empresarios y sus empleados. Esas preocupantes intuiciones se han confirmado al hacerse público el texto del Anteproyecto de Ley de Economía Sostenible. Lo conforman un conjunto deslavazado de proclamas ecológicas,  medidas anecdóticas y las habituales dosis de retórica sobre el cambio de modelo económico, la internacionalización y la investigación, desarrollo e innovación.  
No es un  tema de ideologías, ni de planteamientos económicos. Es algo más simple: creer en la libertad, no tener miedo al futuro. En definitiva: que el Gobierno de España deje de una vez las rancias políticas conservadoras y  se atreva a ser progresista, a tomar decisiones que transformen la realidad actual y preparen un camino más esperanzador. De tanto mirar hacia atrás nos estamos perdiendo el futuro.
09.12.09