Independiente siempre, Imparcial nunca

¡Qué desilusión!, siempre pensé que las aventuras de Lucky Luke eran tan genuinamente americanas como el anuncio de Marlboro y resulta que era un personaje creado por el  dibujante belga Morris, con textos del francés René Goscinny, el mismo de Tintín y Astérix.  Las entrañables historias de Lucy Luke,  una mezcla de parodia y homenaje al mítico lejano oeste.

En cualquier caso los tebeos del vaquero, siempre persiguiendo a los hermanos Dalton con su inteligente caballo, forman parte del imaginario de mi infancia.  En las viñetas aparecía, a veces, la oficina del periódico local, con un lema que no entendía muy bien,  “Independiente siempre, imparcial nunca”, y que ahora me parece importante y actual.

Sólo desde la firmeza en las convicciones se puede ser tolerante. Los intolerantes son los fanáticos. Pero una cosa es la tolerancia y otra la “imparcialidad”, el pretender situarse en un plano supuestamente superior sin comprometerse.

Hay que tomar partido,  tener y mantener un modelo conceptual elaborado desde la libertad y la búsqueda honrada de la verdad. Eso significa desarrollar también la fortaleza necesaria para saber fundamentar,  mantener y defender esas convicciones. Sin fanatismo, con la seguridad que da la coherencia interior.

¿Aumentar la productividad?

            Son los nuevos tópicos. Cuando un político quiere hacer un discurso sobre la situación actual siempre termina metiendo dos o tres palabras clave: productividad es una de ellas, también se utiliza lo de economía sostenible,  innovación  o cambio del modelo productivo. He dicho que se utilizan palabras, no conceptos, esto ya requeriría elaborar una opinión fundamentada en un modelo  coherente de lo que es la economía y la sociedad. A eso los políticos no llegan, bien por incapacidad o por que no es rentable a corto.
            Pero la productividad es, realmente,  uno de los problemas de nuestra economía. El diagnóstico es acertado, pero ahora falta el tratamiento y éste no se puede establecer por decreto, es algo mucho más personal, depende de cada uno.
            Aún sin ser economistas todos tenemos una idea más o menos intuitiva de los que es productividad: la relación entre el valor de lo producido y el coste de los recursos empleados para su producción. Normalmente el principal coste es de  personal, luego para aumentar la productividad sólo hay dos caminos: bajar los costes del personal o que éste produzca más en el mismo tiempo. Hay también un tercero, que es la suma de los dos anteriores.
            Aquí empiezan los problemas, porque ésta es una cuestión en la que se tienen que implicar empresarios y trabajadores – o mejor empleadores y empleados, porque los empresarios también son trabajadores, y sin convenio-.  La forma de hacerlo pasa, necesariamente, por cambiar algunos conceptos sobre la empresa y el trabajo que han ido echando raíces en los últimos años, como las malas hierbas.
            Si el trabajo se considera sólo como un paréntesis entre dos fines de semana, necesario para obtener los recursos que me permitan vivir y disfrutar de mi ocio, va a ser difícil prestarse a cualquier esfuerzo suplementario que no tenga una retribución inmediata.  En otras palabras, si el aumento en los bienes o servicios  producidos ha de verse compensado por un aumento proporcional de los costes, nunca habrá aumento real de la productividad. Un aumento de la producción con  el mismo coste, o inferior, no se plantea desde los números, sino desde la ética.
            Al llegar aquí seguro que hay quien piensa que si la ética no es rentable a corto plazo mejor no complicarse la vida y acudir directamente al ERE para rebajar costes. Pero el planteamiento es otro: esta crisis no se resuelve mediante fórmulas económicas, sino mediante actitudes personales. La ética, los comportamientos éticos, el convencimiento de que empleadores y empleados tienen que reformular muchos de sus planteamientos, adecuándolos a su realidad como personas, no tiene asignada una cuenta en el Plan General Contable –ni en el anterior ni en éste- , pero es inevitable para mejorar la empresa. Una empresa es una organización de personas, cuanto mejores, más conformes a su naturaleza, sean las personas, mejor será la organización y mejor será su productividad.
            Claro que para esto hay que tener el convencimiento de que la persona tiene una naturaleza propia a la que debe ajustar su comportamiento; pero cuando se han dedicado tiempo y medios a tratar de imponer a la sociedad   la verdad absoluta de que no hay verdades absolutas -¿recuerdan el “mantra” presidencial de que no es cierto que la verdad nos hace libre, sino que es la libertad la que nos hace verdaderos?- es inevitable el deterioro de la sociedad, de las personas, y este deterioro se traslada a todas las organizaciones sociales, la empresa entre ellas.
            Cuando un edificio presenta  grietas que afectan a su estructura, la solución no es tapar las grietas y pintar, hay que rehacer la estructura. Nuestra estructura social se sanea recuperando una serie de valores y adecuando a ellos nuestro estilo de vida. En el mundo de  las empresas la dimensión externa de las mismas es reflejo de las  capacidades internas de quienes tienen que sacarla adelante, en primer lugar de sus directivos.
            ¿Tan difícil es explicar y entender todo esto? Explicado ya está, para entenderlo sólo hay dos caminos: o se asume libremente y se actúa en consecuencia, o la realidad  se impondrá y habrá que someterse a ella. Mientras, los partidos políticos y los representantes de los autodenominados “agentes sociales”, seguirán empeñados en discusiones bizantinas.
09.03.10