“¡FALLASTE CORAZÓN!”

No sé por qué se considera un género menor las letras de las canciones, especialmente las  de los géneros más populares. En ellas hay expresiones  de gran calidad literaria,  como “un pañuelo de silencio a la hora de partir”, que sintetiza de forma magistral la tristeza apagada de las despedidas; o de una tremenda intensidad lírica,  unida a una atrevida imaginería simbólica, como  la angustiosa espera de la enamorada, que grita   “y me voy clavando igual que  puñales las dos manecillas que tiene el reloj”. Hace unos años ya se leyó enla Universidadde Málaga una tesis doctoral sobre las letras de  coplas escritas por Rafael de León. Todavía hay líneas de investigación que abordar en este campo. Es más, de muchas canciones populares se pueden extraer ideas aplicables al mundo de la empresa.

Hace pocos días vino por el despacho un empresario en apuros (¡uno más!). Estaba completamente hundido. Su empresa se dedicaba al alquiler y venta de maquinaria para la construcción. Yapueden imaginar la situación actual del negocio. A  lo delicado de la situación financiera se sumaba, como siempre, el drama personal, en este caso acentuado porque durante la época buena este hombre había ejercitado y desarrollado todos los tics propios de lo que por ahí se entiende como el paradigma de un hombre de empresa agresivo, autosuficiente, de los que mantienen que “los negocios son los negocios” y  han de manejarse con unas reglas especiales en las que no rigen los valores que conforman a las personas como tales. Ignorante de que ni  las empresas ni  la economía  funcionan en un vacío cultural. Durante un tiempo se creyó, como en la letra de la ranchera,  el rey de todo el mundo.

No estaba preparado para el fracaso, no tenía un entramado cultural sobre el que sostenerse, no se había cultivado, simplemente se había dejado llevar por el viento de la bonanza económica y ahora, desorientado, necesitaba no sólo consejo profesional, en lo mercantil,  sino también sentirse escuchado y atendido. Aunque resultara impertinente era el momento de preguntarle: y hoy,  ¿a dónde está tu orgullo, a dónde está el coraje?, ¿por qué, hoy que estás vencido, mendigas caridad, e imploras cariño aunque sea por piedad?

         Pero es  difícil, muy difícil, saber aceptar atención y cariño. Ya ves que no es lo mismo amar que ser amado, habría que decirle a nuestro amigo.  Resulta muy complicado, para todos, dejarse amar, poner mi libertad a los pies de los demás, para que sean ellos los que mela administren. Eso exige una considerable dosis de humildad y generosidad y  no todo el mundo está dispuesto a ponerlas  en juego, a ponerse en juego. Lo otro, ir repartiendo mi afecto a discreción, es una forma solapada de egoísmo. Doy por la satisfacción que me proporciona el dar, no incondicionalmente, y  me retiro cuando no recibo una compensación adecuada a mi donación. No es eso.  Amar es un permanente estar a disposición de los demás, esto es lo que caracteriza a la persona y es especialmente importante en  el directivo, en el empresario,  que tiene que liderar a otros.

 Es precisamente esa donación la que hace al hombre capaz de generar riqueza, de crear cultura y técnica, valor personal y valor económico. La persona, cada persona, sólo cobra pleno sentido como tal en el darse, la esencia del hombre es su inagotable capacidad de donación, por lo que inagotable es también  su capacidad de generar riqueza. 

 Esto supone invertir el esquema: pasar de la consideración del hombre como sujeto de necesidades,  al hombre como creador de valor. De presentarlo como objeto de la economía, a constituirlo en sujeto de la misma. Supone reconocer que son las diferentes propuestas culturales las que generan los distintos modelos económicos, no al revés. Esta consideración de la economía desde una perspectiva antropológica nos  lleva a considerar ésta como el  criterio decisivo para valorar cualquier planteamiento social o económico.

 Asumir esta raíz antropológica de la economía implica un razonable esfuerzo de pensamiento y de acción. Implica además, como decíamos antes, un permanente ejercicio de libertad, entendida ésta como donación incondicional. Y si no a más de uno, como a mi atribulado empresario, habrá que decirle, con palabras de Cuco Sánchez: ¡Fallaste corazón!, no vuelvas a apostar.

18.07.2011