Gastos inútiles

            La familia la componían el padre, la madre y dos hijos que habían terminado ya la carrera y aún vivían en casa. El mayor había terminado farmacia, había tenido alguna oferta en farmacias conocidas; pero pensaba que el sueldo que le pagaban era bajo, según sus expectativas, y no le compensaba. Le habían hablado de ir al Reino Unido, contrato seguro y buen sueldo; pero no quería salir de su ciudad. La pequeña estudió economía y por ahí andaba, haciendo un curso tras otro, según ella para aumentar su formación, según el padre como coartada para retrasar el momento de enfrentarse a la vida laboral. La madre había vendido  robots de cocina en reuniones, pero lo dejó.

Las cosas no iban bien,  habían pedido una serie de créditos para poder atender los gastos diarios, después para renovar esos créditos y, últimamente, para poder pagar los intereses de los créditos anteriores.  Había que tomar decisiones. El padre elaboró una lista de los gastos que había que suprimir. La lista era larga: peluquería, gimnasio, club, restaurantes, viajes y otros gastos por el estilo. También redujo el gasto en ropa, se acabó eso de renovar vestuario cada temporada, y en la cesta de la compra: productos básicos y  comparando precios de distintas enseñas de supermercados.

Algo se redujo el crecimiento de la deuda; pero seguía aumentando. El banco endureció las condiciones de los préstamos y le comunicó que ya habían agotado su capacidad de endeudamiento y, por tanto, no les concederían nuevos créditos.

Al final el padre tuvo que enfrentarse a la situación. Después de analizar la situación llegó a dos conclusiones:

- La reducción de gastos no productivos es necesaria, pero no suficiente para enderezar la economía.

-  Junto a esa imprescindible reducción había que tomar decisiones para aumentar la generación de recursos por parte de la unidad familiar y poder hacer frente a las deudas contraídas, como mínimo.

            Eso suponía que el hijo mayor tenía quince días para decidirse a aceptar el trabajo de farmacéutico adjunto que le ofrecían o irse al Reno Unido. La pequeña ya  tenía formación más que suficiente. A partir de ahora tenía que ponerse a trabajar. Como economista lo tenía difícil, a pesar de todos los cursos de postgrado que  había realizado, así que podría empezar cuidando niños o de  camarera. La madre tendría que retomar las ventas del robot de cocina.

            Las reacción de los afectados, especialmente los hijos, no fue buena.   El farmacéutico  esgrimía su derecho a un trabajo en su ciudad. El padre cortó en seco: “Haz lo que quieras; pero yo no te mantengo ni un día más.  Allá tú con tus derechos”.  La chica utilizó la ironía: “¿Y si en lugar de cuidar niños o trabajar como camarera me dedico a limpiar casas?, creo que pagan bien”. El padre no estaba para discusiones ni respuestas ingeniosas: “Como quieras, tú eliges la ocupación; pero tienes que generar ingresos”. La madre lo tenía claro, ya estaba consultando su agenda tratando de organizar una reunión de amigas, en casa de una de ellas, para ofrecerles la última versión del robot.

            Vista la firmeza del padre empezaron a comprender que la cosa iba muy en serio: o modificaban profundamente sus planteamientos económicos y vitales o podían terminar en la calle. Había poca elección.

               Hasta aquí la ficción. Ocurre que cuando las grandes cuestiones económicas  se reducen a la escala familiar todo se entiende bastante mejor. A escala nacional las cosas funcionan exactamente igual. Es necesario, más bien urgente, tomar decisiones rotundas en lo que se refiere a la reducción del gasto; pero no es suficiente. Urge reinventar el modelo productivo. Reinventar no quiere decir seguir haciendo lo mismo, pero con ayudas de la Administración, sino hacer cosas distintas, dentro o fuera de España. Eso no se consigue sólo a golpe de regulaciones legales, sino que se necesita una fundamentación personal para que esas regulaciones funcionen en la línea adecuada. De lo que se trata es de elaborar, casi desde cero, toda una nueva teoría de los negocios y la actividad económica. Esta pasa por los temas estrictamente técnicos; pero también, en la base, por los temas humanísticos. Ahí tienen una interesante línea de trabajo las Escuelas de Negocios.