Macintosh y Ms-Dos ; Calvinismo y Catolicismo

En septiembre de 1994 Umberto Eco escribió en el Semanario L´Espresso  un artículo, tan provocador y sorprendente como casi todos lo suyos, que ahora, tras la muerte de Steve Jobs, vuelve a la actualidad.

En él Umberto Eco afirma que: …”No se ha reflexionado nunca lo suficiente sobre la nueva lucha de religión que está modificando sutilmente el mundo contemporáneo. El hecho es que la sociedad se divide entre los usuarios del ordenador Macintosh y los usuarios de ordenadores compatibles con el sistema operativo Ms-Dos. Mi profunda convicción es que el Macintosh es católico y el Dos protestante. Todavía más, el Macintosh es católico de la Contrarreforma. Es jovial, amigable, conciliante, dice al fiel cómo tiene que proceder paso a paso para alcanzar -aunque no sea el reino de los cielos- el momento de la impresión final del documento. Es catequístico, la esencia de la revelación se resuelve con fórmulas comprensibles y con íconos explicativos. Todos tienen derecho a la salvación”.

En cambio, según continúa Eco, …”el Ms-Dos es protestante, incluso calvinista. Prevé una libre interpretación de las Escrituras, o instrucciones de uso, pide decisiones personales y angustiosas, impone una hermenéutica sutil, da por descontado que la salvación no está al alcance de todos. Para hacer que funcione el sistema se requiere la realización de acciones personales para la interpretación del programa: lejos de la comunidad estrafalaria que se divierte, el usuario está encerrado en la soledad de su resentimiento interior”.

“Usted puede objetar que, con el paso a Windows (el artículo fue escrito en  1994), el universo DOS ha llegado a parecerse más a la tolerancia contrarreformista de la Macintosh. Es cierto: Windows representa un cisma anglicano de estilo, las grandes ceremonias de la catedral, pero siempre existe la posibilidad de un retorno a DOS para cambiar las cosas de acuerdo con las decisiones originales”.

No cabe duda de que es un texto sugerente que plantea, de forma provocativa, como es propio del autor,  el sentido del trabajo en la doctrina católica y en el calvinismo.

En el protestantismo, y particularmente en el calvinismo, el hombre, tras el pecado, es un ser caído,  sin capacidad de levantarse por sí solo, sin otro remedio que la predestinación divina. Para llegar a su deber ser, puesto que no tiene capacidad, con su conducta, para alcanzar ese deber ser, sólo le queda la aceptación de las reglas dadas por Dios, sin recurso a la racionalidad humana para entenderlas. En consecuencia, cada uno está relacionado directamente con Dios. La fe basta para establecer ese contacto inmediato con Dios, y en esa fe es salvado. Por este camino las circunstancias vitales de la «vida corriente» –entre ellas el trabajo- adquieren una significación eminentemente religiosa. No alcanzan a considerar la Redención como una nueva creación; falta una relación interior entre trabajo y colaboración en la Creación.  El trabajo  tiene así  sólo una dimensión individual.

Desde la perspectiva católica el enfoque es bastante diferente. El trabajo es un bien del hombre -es un bien de su humanidad-, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en cierto sentido ‘se hace más hombre’ (Juan Pablo II,  Laborem Exercens, nº9). El hombre se participa así de la obra creadora de Dios. De este modo, haciéndose -mediante su trabajo- cada vez más dueño de la tierra y confirmando -mediante el trabajo- su dominio sobre el mundo visible, el hombre en cada caso y en cada fase de este proceso se coloca en la línea del plan original del Creador.

El trabajo fue asumido por Cristo como realidad redimida y redentora, y por ello se convierte en medio y camino de santidad, en concreta tarea santificable y santificadora.

Se produce así la unión del  trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación, cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios (Juan Pablo II).

 Realmente la reflexión de Umberto Eco no pasa de ser una provocación o un divertimento intelectual; pero consigue su objetivo: reflexionar sobre el sentido del trabajo.

  1. Ignacio Valduerteles Bartos

    No, no estoy loco. Al menos no más que Umberto Eco. Simplemente creo que su artículo, al que presento como ” tan provocador y sorprendente como casi todos lo suyos” es una buena excusa para presentar una reflexión sobre un tema que, desde Max Weber, es objeto de debate: el sentido del trabajo en el protestantismo y el catolicismo.

    En los momentos actuales de crisis, que no es sólo económica -ésa es sólo una de sus manifestaciones- sino global, entiendo que ese debate cobra especial actualidad y a él hago mi aportación.

    Gracias por su comentario.

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