Una historia de amor

¿Quién ha dicho que las historias de amor han de ser almibaradas y afectadas?  Les presento una mucho más real.

Se trata de un matrimonio que ya  cumplió  ampliamente sus Bodas de Plata. Él,  gran aficionado a la filosofía, andaba entusiasmado con la obra de Julián Marías,  su gran descubrimiento. Al acercarse la fecha de su santo su mujer decide hacerle un regalo singular: localiza los datos de Julián Marías, al que no conocía de nada  –la anécdota es anterior a 2005, año en que murió el filósofo-; le llama por teléfono; le cuenta el interés de su marido por su obra y le pide si querría recibirle una tarde y dedicársela, para hablar de filosofía.

Agradablemente sorprendido, y con la generosidad habitual en él, Julián Marías accede, encantado, y nuestro amigo tuvo un regalo tan inesperado como   grato.

Hasta aquí la historia. ¿Por qué la considero una verdadera “historia de amor”?, porque reúne todos los requisitos. Amar a una persona es empeñarse en su mejora. Dedicar la vida a hacer más amable a esa persona, más digna de ser amada. En la medida que el otro crezca, mejore como persona,  el enamorado crecerá. Por eso el amor verdadero es ingenioso, audaz, divertido, sorprendente, se vacía en el otro, vive en el otro. Él también  vive sin vivir en sí. Cualquier ocasión, también el día en que el amado celebra su santo,  es una oportunidad para proporcionarle una oportunidad de crecer y de tener un momento de felicidad. ¿Y que gana aquí la enamorada?,  todo: «Mi delicia es estar con los hijos de los hombres», explica la Sabiduría en el Libro de los Proverbios (8,31). Parafraseando la cita también podemos decir: «Mi felicidad es la felicidad del amado».

Estas son las historias de amor más humanas, las que tienen como protagonistas a personas que se van perfeccionando como tales en el otro, trabajando diariamente, hora a hora, en ir construyendo una realidad superior, con dos personas distintas, que las trasciende.

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