Gestionando el éxito

No soy especialmente aficionado al fútbol, por lo que el debate nacional sobre la tristeza de Cristiano Ronaldo me ha pillado un poco lejos, tanto como las diferencias de Sergio Ramos con su entrenador, por no sentirse suficientemente valorado. Afortunadamente parece que el asunto se ha tranquilizado.

Sin entrar en discusiones futbolísticas creo que hay puntos en común en estas dos historias: dos personas jóvenes -27 años Cristiano, 26 Sergio-, nacidas en familias humildes, que han alcanzado, por sus propios méritos, un gran éxito profesional y, consecuentemente, económico muy pronto. Esos éxitos llevan además la fama y la admiración de un gran número de seguidores en todo el mundo. Son acosados por los medios y cualquier declaración suya, aún la más inane, es comentada y analizada (la última de Sergio Ramos “yo muero por mis ideas”  es un claro ejemplo de lo que estamos diciendo. Una cosa son las ideas, que sustentan mi armazón vital, y otras las opiniones que se derivan de analizar situaciones concretas con el criterio de mis ideas, o valores. Por las ideas se podría morir; por las opiniones, variables, desde luego que no)

¿Se puede morir de éxito?, pienso que sí,  cuando éste no se gestiona adecuadamente -en lo personal y en lo empresarial-. El éxito, aún conseguido a base de esfuerzo, te puede llevar a despegarte de la realidad,  a creerte por encima de las leyes que dicta el sentido común para el resto de los mortales. Hace unos años mantuve una discusión en un foro público, con un distribuidor de éxito que se negaba a aceptar los cambios en el sector de la distribución y, como consecuencia, la necesidad de cambios en su modelo de negocio. Cinco años más tarde entraba en concurso de acreedores, lo que no me produjo ninguna alegría, créanme.

Gestionar el éxito exige una dosis considerable de humildad. No soy un super héroe, simplemente un afortunado al que las cosas le han salido bien, mejor que a otros que han puesto el mismo empeño, pero que no tienen mis cualidades o mi sentido de la oportunidad.

De análisis. El éxito, una vez alcanzado, no es permanente. Las circunstancias del mercado cambian continuamente. Las mismas decisiones que, en el mercado actual, me han llevado al éxito, me pueden llevar mañana al fracaso, en un entorno diferente. Haber conseguido hoy una buena posición me ha de facilitar el análisis del entorno para plantear la estrategia de los próximos años. Lo he comentado en otras ocasiones: el empresario que piense que “ya ha llegado”, donde ha llegado es al comienzo de su decadencia.

De respeto al fracaso. Los que se quedan por el camino merecen nuestro respeto, por haberlo intentado,  y también el  aprendizaje de su experiencia,  para ver cuáles han sido los motivos de su caída.

De perspectiva. Dentro de diez años Cristiano, Sergio Ramos, Messi,… serán un recuerdo, cada vez más borroso, en el recuerdo de algunos aficionados. Si hoy no adquieren esa perspectiva y piensan que el éxito del momento es una situación permanente, el descalabro futuro está garantizado. Aprovechar los buenos momentos para, olvidándose de ellos, tratar de construir el futuro.

De no tomarse demasiado en serio a sí mismos. Reconocer que hay vida más allá de mi empresa, o de mi actividad profesional. Cuidar los demás aspectos de mi formación personal, para no quedar fuera de la realidad.

De generosidad. Mi éxito, en el supuesto de conseguirlo, no es sólo mío. Siempre ha habido  una serie de personas, algunas incluso desconocidas, que lo han hecho posible. Reconocer esta situación ha de llevar a tener esa misma disposición de colaboración con los demás.

 

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