La película más romántica de la historia del cine

        Así ha sido definida por algunos críticos Love Story,  rodada en 1970, que tantas lágrimas hizo derramar a las jovencitas (y también a los jovencitos) de la época.

        El argumento es una triste historia de amor. Él (Ryan O´Neal) es hijo de un poderoso banquero, ella (Ali MacGraw) pertenece a una familia humilde de inmigrantes italianos. Se enamoran. El padre de él no ve con buenos ojos esta relación. Se casan. Él estudia Derecho mientras ella trabaja para costearle sus estudios. Termina y comienza a trabajar en un despacho importante. Todo va bien y su amor es cada día mayor; pero a ella le diagnostican una leucemia irreversible. Al principio él no le dice nada, procurando sólo hacerla feliz, pero la enfermedad avanza y el tratamiento es cada vez más costoso. El joven decide recurrir a su padre, con el que había cortado toda relación al casarse, pero éste, sin saber para qué necesita el dinero, se lo niega. Cuando conoce la situación va al hospital a ofrecerle ayuda a su hijo; pero ella acaba de fallecer. El padre, conmovido, dice al hijo “Lo siento” y éste, recordando algo que su mujer le dijo, le replica: “Amar significa no tener que decir nunca lo siento”.

Pues ya ven, con este argumento y una buena banda sonora la película consiguió varios premios y muchos millones de recaudación. Pero ya ha pasado suficiente tiempo como para poder decir, sin temor a represalias, que la dichosa afirmación “Amar significa no tener que decir nunca lo siento” es rotundamente falsa y desvirtúa, por completo, el concepto amor.

Todo lo contrario. La persona alcanza su dignidad cuando es capaz de ponerse delante de la otra para reconocer su equivocación –grande o pequeña- y decir lo siento. Siento  el mal uso que he hecho de mi libertad, la que puse a disposición del otro -ya que amar es depender por amor, de aquello que amamos-. De esa forma, al ponerme en situación de recuperar la relación con el otro, recupero mi dignidad, perdida por una acción improcedente.

         Estos razonamientos son aplicables no sólo al ámbito familiar, también a las relaciones personales y profesionales. El hombre es sociable por naturaleza, alcanza su perfección en la relación con los demás: familiares, amigos, empleados, compañeros de trabajo,… En la empresa es responsabilidad de todos, pero especialmente del líder, procurar el desarrollo personal de quienes la integran. Eso supone entender la libertad como la capacidad de elegir lo mejor,  para mí y los demás, creciendo así como personas.

            No son recetas,  ni planteamientos “buenistas” impregnados de moralina. Es antropología, conocimiento de la persona y de sus posibilidades de perfeccionamiento como tal persona.  A partir de ahí se pueden establecer unas buenas relaciones familiares, empresariales o sociales.

            La dulce  Ali MacGraw tiene ya 74 años y Ryan O´Neal 71. Imagino que la vida ya les habrá enseñado que “Amar significa ser capaz de decir ¡lo siento!”

 

  1. Gerardo González.

    Que acertadas tus reflexiones. Hasta el miércoles, un fuerte abrazo.

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