Renovando el pensamiento empresarial

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Ayer tuvimos en el Instituto Internacional San Telmo la conferencia que ya anuncié, con el título “La economía como expresión de los modelos antropológicos”. Gran éxito de público –lo que tiene su mérito, porque el título no invitaba a los … Sigue leyendo

El Relevo

A estas alturas no se puede negar la relevancia de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, aunque no se esté de acuerdo con todos sus planteamientos. Su problema, como el de tantos investigadores, es que, tras haber llegado a hallazgos importantes en el mundo de la psicología, en ocasiones intenta forzar la realidad para ajustarla a sus descubrimientos.

 Un ejemplo de esto es todo lo relativo a la “muerte del padre”, donde vuelca sus experiencias personales a raíz de la muerte de su propio padre. No me quiero detener ahora en la crítica de estos planteamientos, expuestos ampliamente en su obra “Totem y Tabú”. Simplemente, aún a riesgo de caer en la simplificación, resumo su pensamiento brevemente: el joven desarrolla una animadversión –más o menos sofocada- hacia el padre, el líder, porque entiende que éste frustra su desarrollo personal, el despliegue de sus capacidades. Impaciente, no tolera los intervalos del tiempo y decide suprimirlos con un acto suicida: el deseo de la muerte del rival para ocupar su puesto.

 En el mundo de la empresa esta situación se reproduce con demasiada frecuencia. Los casos de Galletas Gullón y del Grupo Eulen ya se han convertido en objeto de estudio en escuelas de negocio; pero hay muchos más, y no sólo en empresas familiares. La generación del relevo fuerza, más allá de lo razonable, el protagonismo en la toma de decisiones. Decisiones que, en ocasiones, son acertadas, pero otras sólo pretenden la autoafirmación de los flamantes ejecutivos. A veces en esa voluptuosidad de la toma de decisiones, que se agota en sí misma, se pone en peligro el posicionamiento de la empresa o una estrategia cuidadosamente definida durante años.

 El otro protagonista de nuestra reflexión es Amancio Ortega, tan citado por tantos motivos. También su sucesión está siendo modélica. Seleccionó y nombró Consejero Delegado y Vicepresidente a la persona que creyó idónea: Pablo Isla (no creo que fuera un proceso de selección fácil ni rápido) y, tras años de rodaje, le cede la Presidencia ejecutiva y él pasa a ocupar un puesto en el Consejo.

Pero no todas las empresas son Inditex ni cotizan en Bolsa. Las pymes en general, especialmente las que son familiares, tienen limitada su capacidad de selección del relevo. Se entendería como una traición a la familia o a los colaboradores más próximos, no contar con alguien de este reducido grupo para continuar la gestión empresa. Es muy posible que en él haya alguien que reúna las cualidades necesarias, alguien, además, formado por el actual director y fundador de la empresa; pero si los tiempos no se miden bien y, en un exceso de confianza, el que va de salida cede a su relevo más capacidad de decisión de la que éste puede asumir, es muy posible que pronto se vea arrollado por su sucesor en un frenesí de decisiones que, inconscientemente, más que el bien de la empresa buscan la autoafirmación del nuevo directivo.

Ante esta situación el directivo saliente, el “padre” freudiano, tiene dos opciones extremas: dar un puñetazo en la mesa para salvar la empresa, aunque eso suponga la ruptura de relaciones familiares o personales; o pensar que él ya ha luchado bastante para sacar la empresa adelante y cumplió bien su tarea, si los otros la quieren hundir, allá ellos. Lamentablemente Freud no llegó a plantearse estas cuestiones sobre la gestión de pymes y ahora deja al empresario solo ante el problema. Una vez más la soledad del empresario; porque nunca se deja de ser empresario, como nunca se deja de ser padre.

Ninguna de las posturas extremas es la solución. Ésta pasa por asumir las equivocaciones de los “hijos-sucesores”. Cargar sobre los propios hombros esas equivocaciones, descargándolos de su presunto error y llevarlo sin acordarse de él, con serenidad, incluso con alegría – aunque eso implique una rectificación del propio comportamiento-, tratando de reconducir situaciones. Un dolor –físico o moral- bien asumido engrandece y eleva la propia condición y la de los demás. Mal llevado aplasta y aniquila a todos.

Pelear hasta el final, antes que retirarse amargado, lamentándose de haber regalado un sueño a quien no sabe tenerlos.