Vivir la intimidad

Hay un momento decisivo en la vida de cada uno. No es un instante determinado y puntual, es más bien una etapa en la que la persona va adquiriendo conciencia de sí misma, de que no es un ser exclusivamente dependiente de los demás: padres, maestros, compañeros, medios de comunicación,… Descubre progresivamente su intimidad, un espacio interior al que los demás no tienen acceso.

Un gran descubrimiento que, sin embargo, hay personas a las que asusta. No saben poseerse a sí mismas. Les sobrecoge considerar que somos más, mucho más que nuestras sensaciones o estímulos externos.  Son incapaces de estar a solas consigo mismo. Necesitan aturdirse escuchando música en los ratos libres, tecleando desaforadamente el móvil en una sucesión de mensajes cortos que pueden transmitir sensaciones, pero no ideas,  o incluso participando en actividades más o menos altruistas.

Sin embargo, explica J. Burggraf,  “si no estoy a gusto conmigo mismo, no estoy a gusto en ningún lugar. Si no me he encontrado a mí mismo,  no puedo realizar un verdadero encuentro con ninguna otra persona. Si no soy mi propio amigo,  no puedo entablar con nadie una auténtica amistad. Si no estoy en armonía conmigo no puedo sembrar paz a mi alrededor”.

El problema está en que en mi interioridad quedo a solas conmigo mismo y resulta  inevitable plantearme una serie de cuestiones: ¿quién soy?, ¿por qué y para qué vivo?, ¿qué sentido tienen mis ilusiones, proyectos y trabajos? Estas cuestiones y otras parecidas que me llevan a enfrentarme con mi propia realidad y a tener que tomar decisiones, a ejercitar mi libertad, en una palabra, y eso me puede complicar la vida. Es preferible, dicen algunos, vivir de espaldas a la libertad personal y vivir en un activismo permanente que dificulte el estar a solas conmigo. Pero eso supone no poseerse y si uno no se posee no se puede dar –nadie da lo que no tiene-. Así uno se aboca a la soledad. Soledad acompañada, si se quiere; pero soledad  al fin y al cabo.

Abrirse a uno mismo, abrirse a la trascendencia, abrirse a los demás. En definitiva, atreverse a vivir en libertad.

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