ERASE UNA VEZ UNA MARIPOSA

Cada uno tendrá su criterio. Soy de los que opinan que, después de una época dorada en el cante, con Antonio Mairena, las hermanas de Utrera, Chocolate, la Paquera por bulerías, el  Camarón de la primera época, incluso la fría perfección de Menese, y algunos más, hubo una ausencia de referentes.


En esa época de crisis es cuando Lole y Manuel nos sorprenden con Nuevo Día (1975), un concepto  de fusión en el que los elementos no se mezclan, sino que cada uno se diluye en el otro creando algo nuevo en el que se reconocen las raíces. 

Del disco entresaco un corte por bulerías: “Érase una vez una mariposa blanca”, en el que letra, voz y guitarra se funden expresando sentimientos inefables.

Cuenta la historia de una “mariposa blanca que era la reina de todas las mariposas del alba. Se posaba sobre las flores más bellas y le susurraba historias al clavel y a la violeta; pero una mañana de primavera  llegó un coleccionista y, sobre un jazmín en flor, aprisionó a nuestra reina, la clavó con alfileres sobre cartulinas negras y la llevó a su museo de breves bellezas muertas”

Quien más quien menos se siente interpelado por esta letra que le araña el alma, porque todos tenemos en el museo de nuestra memoria alguna “breve belleza muerta,  clavada con alfileres sobre cartulinas negras”.

Un museo en el que a lo mejor pueden terminar hermandades que, vistas desde fuera,   podrían estar más preocupadas de aspectos externos que de su solidez interna.

Todos hemos tenido gusanos de seda y sabemos que, para transformarse en mariposa, antes hay que encerrarse en un capullo de seda y pasar por la fase de crisálida, creciendo hacia dentro, para poder salir al exterior convertida en mariposa dispuesta a animar la primavera y a perpetuarse con la puesta de huevos que recomenzarán el ciclo.

El caso de las hermandades es más complejo. Aquí  hay que simultanear el crecimiento interior con la actividad externa, la fase de crisálida con la de mariposa, en un delicado equilibrio. Una hermandad no es un adusto centro de investigación teológica; pero tampoco la organizadora de actividades piadosas  sin raíces doctrinales. Son los dos platillos de la balanza que han de mantener un delicado equilibrio dinámico para garantizar su continuidad y la fidelidad a sus fines.

Como se expone en la Orientaciones Pastorales Diocesanas, al hablar de la necesidad de “Potenciar el Servicio Evangelizador de la Piedad Popular”, «la religiosidad popular sigue siendo una poderosa confesión de la fe en Dios, no es una espiritualidad de masas … Un crucificado, una vela que se enciende para acompañar una súplica, una mirada entrañable a una imagen querida de la Virgen…, ayudan a muchos a levantar los ojos al cielo en sus luchas cotidianas». Pero añade que «no debemos engañarnos con una visión romántica de la piedad popular. Ésta necesita ser evangelizada si no queremos correr el riesgo de confundir la piedad popular con la afición a lo cofrade».

Una afición a lo cofrade que siempre conlleva una cierta dosis de narcisismo más o menos evidente en el que el lenguaje intelectual queda suspendido y sólo queda apelar a las emociones.  Esto lleva a un populismo empobrecedor, como todos, que se arroga una supuesta superioridad moral, también como todos los populismos, creando una atmósfera empobrecedora, arriesgando a la hermandad a convertirse en  una simple pieza de un museo de costumbres populares.

Más aún en unos momentos trepidantes como los actuales en los que hay quien está empeñado en cambiar radicalmente los fundamentos de nuestra cultura y las raíces de Europa. Las hermandades tienen ahora,  como siempre, un protagonismo social fundamental  del que no pueden dimitir.

Parafraseando a Bertolt Brecht, éstos son “Malos Tiempos para la Lírica”.

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