¿QUIÉN SE HA LLEVADO MI QUESO?

Ése era el título de un libro publicado en 1998 del que, dicen, se vendieron 28 millones de ejemplares. Su autor, John Spencer, murió hace poco tiempo.


El argumento es muy simple: dos ratones y dos liliputienses vivían dentro de un laberinto, en una sala donde había mucho queso.  Un día el queso empieza a ser menos abundante, al darse cuenta los ratones se lanzan a la búsqueda de nuevos depósitos. Los liliputienses se resisten a abandonar sus rutinas y se quedan allí  hasta que el queso se acaba. Entonces, debilitados y enfermos, deambulan por el laberinto hasta que encuentran unos trozos. Evidentemente para  entonces los ratones ya llevaban algún tiempo en los nuevos depósitos que encontraron.

Quizá se podría encontrar alguna similitud con la situación actual. La pandemia que nos acompaña desde hace meses, y a la que no se ve una solución a corto plazo, además de unas consecuencias sanitarias devastadoras, está provocando una tremenda crisis social, económica y también institucional. Estamos viviendo una situación nueva: una sociedad debilitada en la que se acelera un cambio hacia un nuevo modelo de convivencia.

¿Y en qué afecta esto a las hermandades? En nuestro entorno las hermandades estructuran la sociedad civil, eso supone  la responsabilidad  de impregnar con espíritu cristiano el pensamiento, las costumbres, las leyes y las estructuras de la sociedad en que uno vive (Decreto Apostolicam Actuositatem). Esa incidencia social es ahora más necesaria que nunca. Ya no es una propuesta, sino  una  exigencia.

Con la que está cayendo, que diría un castizo, no podemos estar sólo pendientes de si este año hay o no desfiles procesionales o qué hacemos con la tómbola u otras actividades para conseguir fondos destinados a Caridad. En otras palabras: no se trata de ver cómo podemos seguir haciendo lo de siempre en las actuales circunstancias. Hay que tomar perspectiva: no es momento de centrarse en los  medios, sino en los fines, sin abandonar aquellos; de repensar  la actuación de las hermandades para  seguir  siendo fieles a su  misión.

No es prudente quedarse en la zona de confort, centrados en “lo que se ha hecho siempre”, mientras los cultos se celebran con restricciones, los ingresos menguan, las necesidades de caridad aumentan y los hermanos tienen menos posibilidades de asistir a medios de formación de la hermandad. Dicho de otra forma: mientras el queso empieza a escasear de modo alarmante y además hay quien se empeña en contaminar lo que va quedando. Es mucho lo que se espera de las hermandades. Ahora más aún; pero es necesario levantar la vista, poner las luces largas, anticiparse, no ir a remolque, gobernar los acontecimientos, no permitir que sean éstos quienes vayan marcando la agenda.

Desde luego no se trata de salir a las calles hacer manifestaciones o montar barricadas. Mucho menos de forma corporativa. Las hermandades no son colectivos informes de hermanos, son asociaciones de personas que se unen para un fin determinado: su perfeccionamiento cristiano. Se trata de  proporcionar a los hermanos la formación adecuada para que éstos se  desenvuelvan con fundamento y responsabilidad en su vida diaria, cada uno desde su libertad y responsabilidad personales, vivan la caridad  y participen de la liturgia en los cultos de la hermandad.  De aquí se derivarán las actuaciones de la hermandad en cada circunstancia.

Ya habrá tiempo de ocuparse del conteo de hermanos y tiempos de paso por la carrera oficial, ahora ésa no parece ser la cuestión más urgente.

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