DISRUPCIÓN EN LA FORMACIÓN

Cuando uno es pequeño y dice que quiere ser arquitecto o mecánico, le basta con encajar las piezas del Lego o del Playmobil para hacer una casa o un coche. Es suficiente. Más adelante, si de verdad quiere ejercer como tal, tendrá que formarse adecuadamente, no le basta con sus juegos de cuando era niño.


Eso pasa también con la formación religiosa. Al niño le basta con saber que “si eres bueno el Niño Jesús está contento y si no llora”. Eso es suficiente, que distinga  el bien y el mal y la relación que existe entre su comportamiento personal y su trato con Dios, pero esa formación es  insuficiente para una persona adulta, que intentará rellenar ese vacío con recuerdos y sentimientos; pero  éstos no sostienen una vida, hace falta algo más.

Aquí es donde entran las hermandades. Las Reglas siempre incluyen entre sus fines el de la formación a los hermanos, una formación adecuada a la edad y circunstancias de cada grupo de hermanos.

El contenido de ese Plan de Formación está ya definido: el Catecismo de la Iglesia Católica y la Doctrina Social de la Iglesia, esos son los elementos con los que elaborar un plan de formación.

El Catecismo  presenta una exposición orgánica y sintética de los contenidos fundamentales de la doctrina católica, algo así como el manual de instrucciones básico para los fieles.

La Doctrina Social de la Iglesia, recoge el conjunto de enseñanzas relativas a la vida social presentadas por la Iglesia a lo largo de los años. Además de dar criterios sobre economía y  relaciones laborales, abarca  todos los temas que hacen referencia a  la dimensión social del hombre: la familia, la organización de la sociedad, la comunidad política, el medio ambiente.

Las hermandades, pues,  han de procurar la formación de sus hermanos, tomando como referencia el Catecismo y la Doctrina Social de la Iglesia. El método habitual para dar esa formación es la organización de charlas sobre estos temas, entre las que se intercalan otras con un contenido  cultural.

Sin embargo el semiconfinamiento que vivimos ha complicado bastante las cosas. El socorrido “siempre se ha hecho así” no sirve ahora, además no es exacto. Cualquier cofrade de más de sesenta años puede explicar cómo se hacían las cosas antes, cómo era la vida de  hermandad cuando, en muchos casos, la casa hermandad era el bar en el que se celebraban los “cabildos de oficiales”. Las hermandades han estado siempre en continua evolución, lenta pero continua. La pandemia lo que ha hecho ha sido provocar una disrupción, una ruptura brusca en el sistema que ha hecho desaparecer de golpe lo que solía ser utilizado.

Volvemos a la formación: hace cincuenta o sesenta años ésta se limitaba a la predicación del Quinario y poco más. De unos años para acá se ha venido abriendo paso un interesante refuerzo de la misma, concretado casi siempre  en la organización de  conferencias u otras iniciativas bastante interesantes.  Ahora esa tendencia se ha frenado en seco. Siempre cabe la posibilidad de esperar a que esto pase para volver a lo de siempre; pero es difícil y arriesgado. Las cosas no van a volver a ser iguales. No sé cuál es la alternativa, pero hay que pensar en  las nuevas tecnologías: charlas breves en youtube, formación on line, transmisión de actos y, sobre todo, trato personal.  No es tiempo de intentar adecuar “lo de siempre” a las circunstancias actuales, sino de emprender nuevos caminos para que las hermandades cumplan con su misión, que esa sí que no ha cambiado.

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