LO QUE DE VERDAD IMPORTA

Tras el primer confinamiento hubo un crecimiento inusual de separaciones y divorcios. La explicación que dieron quienes se  dedican al estudio de estos temas era bastante convincente. Muchas parejas, explicaron,  están sostenidas en lo accidental,  la mayor parte del tiempo están separados,  trabajando,  y la vida en común se desarrolla viendo televisión, saliendo de copas con amigos,  o a cenar, haciendo un viaje o entreteniéndose en otras actividades.


El confinamiento puso  a muchas parejas frente a lo esencial de  su relación, frente a frente, compartiendo las veinticuatro horas del día, sin ninguna actividad externa. En esa situación cuando se puede poner en evidencia  la falta de un proyecto común, de una intimidad compartida, solos  o con el resto de la familia, poniendo de manifiesto la inanidad de su relación, que no supera la prueba y se rompe.

Quizá  se podría establecer  un paralelismo, con todas las reservas, entre esa situación y la de algunos cofrades, algunos incluso con responsabilidades de gobierno. Son los que entienden la hermandad como un ajetreo continuo de organización de actividades, sin pararse a pensar en las cuestiones de fondo que dan sentido a esas actividades. Besamanos, cultos, cofradía, tómbolas u otras iniciativas benéficas van llenando el día a día de la hermandad. Cuando todo eso se para y esa actividad queda en suspenso aparece la hermandad en su esquema fundamental: una asociación de fieles, erigida por la Iglesia, para el perfeccionamiento cristiano de sus miembros. De acuerdo que ese perfeccionamiento pasa por la promoción del culto público, la formación de los hermanos, el fomento de la caridad y la mejora de su entorno social, esos fines permanecen, pero ahora hay que tomar perspectiva para atenderlos debidamente en las nuevas circunstancias. Ahí puede venir el desconcierto de algunos.  

Lo que no explicaron los sociólogos al interpretar las causas del aumento de divorcios es que el confinamiento también sirvió a muchas parejas para conocerse mejor, tratarse más, reordenar prioridades y descubrir afectos escondidos en la rutina diaria. Lo mismo ocurre en nuestras hermandades. Es tiempo de profundizar en su misión, identificarla  y recomenzar a plantearse la forma de alcanzar el cumplimiento de la misma. De desbrozar los caminos por los que debe seguir discurriendo la vida de la hermandad.

“Lo que de verdad importa” es el título producida por el español Paco Arango en 2017 que arrasó aquí y en los Estados Unidos. El mensaje de la película es el que estamos comentando. Más allá de las cuestiones que hasta ahora nos parecían fundamentales, esta crisis no está enseñando a redescubrir la importancia de las hermandades en la construcción de cada hermano personalmente y de la sociedad.

Como siempre, donde algunos ven todo esto como un gran problema para las hermandades, los hay que ven una gran oportunidad de crecimiento. Esta última no es una visión optimista, sino llena de esperanza.

El optimismo es la creencia de que las cosas irán mejor porque sí. Esperanza es estar convencidos de que si trabajamos con empeño, todos unidos,  podemos hacer que las cosas sean mejores. El optimismo es pasivo, la esperanza es activa. No hace falta valor para ser optimista, sólo cierta ingenuidad; pero hace falta mucha fortaleza para ser un agente de esperanza.  Éste es el momento de la esperanza, es el momento del crecimiento interno de las hermandades.

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