FE, ESPERANZA Y CARIDAD

En cada hermandad se contienen muchas horas de trabajo: de mayordomía para cuadrar cuentas imposibles; de la comisión de caridad para estirar unos recursos siempre escasos; de los priostes que hacen el milagro de que lo normal sea la excelencia y de muchos más, miembros o no de la junta de gobierno, que se ocupan de que todo discurra con extraordinaria fluidez.


Hay momentos en que todo eso alcanza su justificación, los que podríamos llamar  «momentos de la verdad», aquellos en los que  se justifican, o no, todos los esfuerzos preparatorios. Momentos de la verdad son el estreno de una obra de teatro; el cierre de una venta; la selección en una entrevista de trabajo, cuando todo el esfuerzo  previo se resuelve al alcanzar el objetivo al que se dirigía.

Esta semana se ha vivido de forma brillante uno de esos momentos de la verdad, me refiero al Acto Eucarístico de las Hermandades Sacramentales de Sevilla,  organizado por la Sección de Sacramentales del Consejo, junto con  la Hermandad de San Bernardo, en su templo.        

 

            No voy a hacer una reseña formal del acto, porque hay un aspecto que resulta mucho más interesante y cofrade: la trascendencia del mismo.  

            No es bueno acostumbrarse, sin abrirse a la admiración, al hecho de que en una calurosa tarde de junio una iglesia del arrabal sevillano se llene, hasta los límites del aforo, de personas de todas las edades, no sólo mayores, que acuden a adorar a Su Divina Majestad, preciosa y sevillana expresión ésta para referirse a Jesucristo Sacramentado  y de gran hondura teológica.

            Quizá lo primero que llamaría la atención a un extraño  sería que todos los asistentes iban correctamente vestidos a pesar del calor –traje oscuro y los hombres  chaqueta y corbata-, lo que es algo más que una exigencia protocolaria, es una muestra de respeto y de fe.

            En la procesión de entrada, con la cruz alzada, cuatro ciriales sobriamente dirigidos por el pertiguero y dos acólitos más con sendos incensarios, todos ellos revestidos con soberbias dalmáticas, precedían al sacerdote revestido con capa pluvial.

No me detengo en la descripción de la liturgia, toda la adoración se desarrolló con perfección milimétrica, también por parte de los fieles que en cada momento sabían adoptar la postura adecuada, sin disonancias. Se notaba que allí había hermandades con más de cuatrocientos años de experiencia. Aunque nos parezca normal no es lo habitual. Un liturgista romano me comentó no hace mucho, tras participar en  la solemne función principal de una hermandad sevillana,  que sólo en el Vaticano había visto esa perfección litúrgica y esa calidad musical (se interpretó la Misa de la Coronación de Mozart). 

Pero lo más importante es que ese cuidado de las formas era expresión del  respeto por la liturgia, que no es la parte externa  y sensible del culto divino o un ceremonial decorativo; es una realidad en sí misma teológica que exige la presencia y la acción de la Trinidad, en la  que la participación de los fieles no se limita a la asistencia y participación, sino que se prolonga en su existencia cotidiana.

Explica el Señor que «donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». (Mt. 18,20). Allí eran más, muchos más, todas las Sacramentales  representadas por sus hermanos mayores y otros hermanos, pero sin refugiarse en el anonimato del corporativismo, tratando al Señor cara a cara, ante la custodia, sintiéndose  seguros (Fe), serenos (Esperanza) y enamorados (Caridad).

Un acto de gran belleza formal, pero de enorme potencia sobrenatural del que se benefició la Iglesia de Sevilla y la Iglesia universal. Así es como salen las cosas bien, después de haber puesto los medios humanos, claro.

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