TENDIENDO PUENTES

No es un dato contrastado, pero la simple observación muestra que en cada hermandad hay un pequeño grupo de hermanos, en torno al 5%, que forman el núcleo de la hermandad. Se aglutinan por razones familiares, de amistad o cualquier otra causa. Son los que gestionan, directa o indirectamente,  la hermandad.


Un segundo círculo lo integran los asiduos a los cultos semanales o a la  Función Principal y Protestación de Fe. Siguen la hermandad de cerca y se interesan por ella, aunque no estén en el día a día. En el siguiente círculo se sitúan los  hermanos de «papeleta de sitio», su vinculación efectiva con la hermandad se concreta en salir de nazareno cada año, mientras el cuerpo aguante. También los que recuperan la costumbre de salir cuando nacen los primeros hijos y lo sacan de nazareno o monaguillo, si las  Reglas lo permiten, como hacía su padre con ellos.

Queda el resto, quizá el grupo más numeroso, los que se hicieron hermanos, o lo hicieron sus padres, cuando nacieron y continúan siéndolo por una mezcla de cariño, tradición y nostalgia, pero su vinculación no se manifiesta en una presencia activa en la hermandad.

Aún hay un grupo más, decisivo aunque no muy numeroso, que sostiene la hermandad de manera tan discreta como eficaz: me refiero a esas personas mayores que no pueden ir por la hermandad pero que mantienen un vínculo directo con sus titulares. Unas son hermanas de número, otras de devoción, todas de amor. Muchos son conocidos por la hermandad,  que los atiende y hace llegar su cariño de distintas formas; pero los hay que viven su vocación cofrade en la soledad de su casa o de la residencia.  

Su vida parece rutinaria y solitaria, pero han aprendido a vivir para adentro. Siempre cerca, al alcance de su vista o de sus manos, la vieja estampa de sus Titulares. Alguien le trajo una estampa  más actual, la que repartieron en la última Función Principal, pero prefiere la de siempre, gastada a besos.  Esa  estampa es un espejo,  las arrugas de quien la contempla parecen talladas por la misma gubia que hizo las del Señor y sus ojos mantienen la misma intensidad que los de la Virgen. Cuando camina su andar tiene la cadencia de un paso de palio y  el andar sereno y doliente del Señor.

En las manos siempre un rosario con las cuentas desgastadas. Hubo un tiempo en que cada misterio lo ofrecía por una intención. Ya no. Su rezo ahora es pura oración contemplativa. En ocasiones esa contemplación se nutre de esa  infancia espiritual que algunos llaman Alzheimer, o de la quietud una invalidez en la que el alma sale sin ser notada de su cuerpo sosegado. Un día, con la misma discreción de siempre,  comienza a rezar el Rosario  y sin saber cómo entra en la  intimidad de Cristo por la herida abierta en su pecho para llegar hasta su corazón, acompasando su latir e intercambiando confidencias eternas. Así llegan al Cielo los cofrades, con su vieja estampa en la mano como salvoconducto.

Explica el papa Francisco la importancia de derribar muros y construir puentes. Ellos son quienes lo hacen, los hermanos y devotos que viven su soledad.  Ahí están, son los pilares de la hermandad. Aunque a veces no se tenga noticias de ellos es importante descubrirlos, quererlos, sostenerlos.

Como parte de la Iglesia que es, también hay  una hermandad militante, purgante y triunfante y  una  estrecha comunión de los santos entre todos los hermanos, por eso es imprescindible rezar con ellos, por ellos y a ellos, en la seguridad de que nuestras oraciones retornan enriquecidas con las gracias derramadas por la Virgen medianera.

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